Crónica periodística
Crónica de un mercado que se niega a morir
Chronicle of a market that refuses to die
A las cinco de la mañana, cuando la ciudad todavía bosteza, el mercado de San Telmo ya huele a pan recién horneado y a café quemado. Doña Aurora, ochenta y dos años y las manos curtidas por el frío, acomoda sus tomates en pirámides perfectas, como lo ha hecho desde que Perón era presidente.
—Antes esto se llenaba —me dice sin dejar de trabajar—. Ahora la gente compra todo por el teléfono.
Y, sin embargo, el mercado resiste. Entre los puestos de toda la vida han aparecido cafeterías de especialidad, una librería de viejo y un puesto de comida peruana que atrae a los jóvenes del barrio. La convivencia no siempre es armoniosa: algunos vendedores veteranos se quejan de que los recién llegados "vienen a vender la foto, no la fruta".
Cuando me despido, doña Aurora me regala un tomate. "Para que no te olvides de que el sabor no se descarga", me dice, y se ríe con los ojos. Salgo pensando que quizá la supervivencia del mercado no dependa de la nostalgia, sino de su capacidad —tan humana— de transformarse sin dejar de ser el mismo.